La ciudad ha caído. Su familia ha muerto. Sus amigos fueron asesinados ante sus ojos. Verónica corrió, pero fue inútil. En el momento en que la miró, su vida dio un vuelco. «Ya has sido asimilada». El hombre, que la agarró bruscamente por el pelo, la miró con desdén mientras ella forcejeaba. «¿Quieres vivir?» «Ugh... hng...» «Aunque tengas que arrastrarte por las llamas del infierno, ¿quieres sobrevivir?». «Déjame ir...» «Contéstame. Si dices que quieres morir, me aseguraré de que sea sin dolor.» No quiero morir. No quiero morir. Acabo de renacer. «Entonces di que quieres ayuda». El hombre, como si leyera sus pensamientos, murmuró en voz baja. Su mirada ardiente la atravesó. «Quiero vivir... Ayúdame». En ese momento, ella no tenía ni idea de que su aliento sagrado y su saliva la salvarían. Que él se convertiría en su dios en ausencia del desaparecido.
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